sábado, 9 de agosto de 2008

Sobre las altas yerbas


Sobre las altas yerbas
Por: Magaly Quiñones


A la Ceiba de Ponce


Ese árbol hembra siempre ha estado ahí,
con su corteza limpia,
con su copa tendida a ras del aire,
con sus caderas curvas saltando sobre el suelo.

Porque no es un árbol más, fíjese bien,
no hay falda de montaña
ni tejado ni seto que la cubra
y además, trae un aire sereno y circunspecto
como si siempre hubiera estado ahí,
por encima del hombro, por encima del viento.

Dicen que es la mansión de Atabey,
que en su tronco, en su fronda,
hay casa para todos,
el lagarto, la hormiga, la araña, la bromelia,
el breve colibrí...,
y cuentan que al principio de los tiempos
de su cuerpo pendía la faz del firmamento.

Esa inmensa, magnífica montura
donde los niños sin caballo juegan,
esas monumentales coyunturas
donde el anciano halla reposo
y el cansado hila un rezo,
es la ceiba que vive desde siempre
en el umbral vidrioso de este pueblo.

La ceiba americana, la prodigiosa ceiba
que, como un acto de misericordia,
supera las fatigas de la noche,
conversa con las islas de la sombra
y en el vaso sureño del recuerdo
desborda los cuadernos de mi infancia.
La ceiba que se yergue como sombra liviana
sobre las altas yerbas.

viernes, 8 de agosto de 2008

Domar las palabras

Rescate esta "entrada del viejo blog" porque es una forma apropiada de expresar y compartir lo que pienso sobre el uso del lenguaje. Espero les guste.


Foto: El abrazo de la palabra. Desconozco el autor, pero si llegara a su conocimiento el uso de esta imagen y su uso estuviera reservado, debo decirle que es perfecta para lo que pretendo decir en este escrito y que su permiso para usarla me es indispensable.
Tengo la costumbre de saludar cada mañana con amor y alegría. Hay días, los menos, en que la boca no quiere pronunciar el saludo ni la mano escribirlo. Pero es bueno para el alma dejar que el afecto inunde las palabras, aún cuando otras emociones manden a la contención y pretendan silenciarnos. Ellas, esas emociones, tienen vocación de enredo. Nos tapan la luz y silencian el paisaje, nos dejan la piel ardiendo como piara, pero no para el amor, sino para la guerra.

Vale el esfuerzo de modificarlas con el lenguaje. Un lenguaje que, armado con las palabras del amor las tome de las riendas, las someta y las coloque donde no obstruyan la felicidad. Eso ayudará a ponernos al resguardo de sus vientos y a empujarnos nosotros mismos: por lo que somos, lo que fuimos, lo que seremos. No dejemos que esas emociones dañinas y traicioneras nos arrebaten la esperanza. Quitémosle el poder de convertirnos en mar sin horizonte, en vela sin pabilo.
Debemos recordar que no somos nosotros de esas velas recientes que se consumen en ocho horas sin dejar rastro. Fuimos conformados con la mejor cera, la que se derrite con el calor intenso sin consumirse y que cuando se enfría recupera su consistencia. Esa nos  ofrece la oportunidad de reconfigurarnos, darnos forma. Y así, con pabilo erguido y bien sostenido encendernos y perdurar.

Hilda2006

Las Meninas según Hilda

Hilda en las meninas

Mirando al cielo

amarilla de espaldas

Rosas de mamà

rosas de mama